miércoles, 29 de julio de 2026

La Odisea de Nolan: una interpretación psicológica y emocional

 


La Odisea de Nolan: una interpretación psicológica y emocional

Ayer fui a ver La Odisea de Christophe r Nolan. Ya sabéis que no soy crítica de cine. No voy a entrar en el debate sobre si la adaptación es fiel o no a Homero, ni en los saltos temporales de la película, ni en las decisiones narrativas de Nolan, porque esos análisis ya los están haciendo personas que saben muchísimo de cine y de literatura clásica.

Yo solo quiero compartir lo que vi desde mi profesión y desde mi forma de mirar la vida. Porque, como psicóloga, hubo algo en esta película que me removió profundamente.

Hay películas que se ven y películas que se viven. Para mí, La Odisea pertenece a las segundas. Más que una película, es una experiencia. De esas que no terminan cuando aparecen los créditos, sino que se vienen contigo de camino a casa y te siguen haciendo preguntas mucho después de salir del cine.

Así que, si has llegado aquí buscando una crítica cinematográfica, probablemente este no sea el artículo que esperabas. Pero si te apetece mirar esta historia desde la psicología, las emociones y todo lo que nos cuenta sobre la condición humana, entonces acompáñame.

Porque, mientras veía la película, no dejaba de pensar que, en realidad, no estaba viendo la historia de un hombre que intenta volver a casa. Estaba viendo la historia de un hombre que intenta volver a encontrarse a sí mismo.

Y creo que eso nos ha pasado a todos alguna vez. Por lo menos a muchos pacientes que trato en consulta.

Hay momentos en la vida en los que, después de una pérdida, de una enfermedad, de una separación o simplemente después de una etapa muy dura, te das cuenta de que ya no eres la misma persona. Y entonces aparece una pregunta muy incómoda: "¿Cómo vuelvo a ser quien era?"

Quizá esa sea la pregunta que acompaña a Odiseo durante toda la película y nos abofetea sin piedad en su última reflexión. 

Y, mientras él intenta regresar a Ítaca, se va encontrando con personajes que, más que personajes, parecen partes de nosotros mismos.

Está el cíclope Polifemo, que no deja de recordarme al orgullo. 

Después de conseguir escapar, Odiseo podría haberse marchado en silencio. Ya estaba a salvo. Sin embargo, necesita decirle al cíclope quién es realmente. Necesita que sepa quién lo ha vencido. Y, precisamente, esa necesidad de reconocimiento acaba teniendo consecuencias devastadoras para él y sus hombres.

Pienso que el verdadero enemigo de Odiseo no era el cíclope, sino su propio ego. Esa necesidad tan humana de demostrar, de ser reconocido, de que los demás sepan lo que hemos conseguido, incluso cuando el silencio habría sido la mejor decisión. Creo que todos, en mayor o menor medida, hemos caído alguna vez en esa trampa.


Luego aparecen las sirenas. 

Creo que las sirenas siguen existiendo hoy. Son todas esas promesas que nos dicen que hay una forma de dejar de sufrir sin tener que atravesar el dolor. Me encanta que Odiseo no confíe en sí mismo. Sabe que, si las escucha, caerá. Por eso pide que lo aten. Me parece una metáfora preciosa. La fortaleza no siempre consiste en resistir. A veces consiste en reconocer que solos no podemos y necesitamos que algo o alguien nos sostenga.

Y después aparece Calipso, interpretada por Charlize Theron.

Hay una escena que todavía no consigo quitarme de la cabeza. Odiseo está desesperado por volver a casa y le pide ayuda. Entonces ella le responde algo así como:

"Deja de luchar. Deja el control. Vive. Es una cuestión de fe."

Y me pareció una frase tan sencilla y, al mismo tiempo, tan profunda.

Porque muchas veces vivimos convencidos de que todo depende de nosotros. Que, si controlamos lo suficiente, si pensamos lo suficiente, si hacemos lo suficiente, las cosas saldrán como esperamos.

Y llega un momento en el que ya no puedes hacer más.

Hay veces en las que seguir luchando no significa avanzar, sino agotarte. En las que cuanto más intentas controlar lo que está ocurriendo, más sufrimiento generas.

Creo que eso es lo que Calipso intenta enseñarle a Odiseo. No le está diciendo que se rinda. Le está diciendo que deje de luchar contra aquello que ya no puede controlar.

Porque rendirse es dejar de caminar.

Confiar es seguir caminando, aunque no puedas controlar cada paso del camino.

En esa escena, Odiseo deja de intentar controlar el mar. Se abandona. Se deja llevar. Fluye. 

Eso también pasa muchas veces en terapia. Hay personas que llegan agotadas de intentar sostener absolutamente todo. Y parte del proceso consiste precisamente en aprender que no todo puede controlarse. Que hay momentos en los que la confianza es mucho más valiente que el control.

También me gustó mucho Circe, la hechicera.

Convierte a los hombres de Odiseo en animales y, mientras veía esa escena, no podía dejar de pensar que es una metáfora muy potente de lo que nos ocurre cuando vivimos únicamente desde el miedo, la rabia o el impulso. Dejamos de elegir y empezamos simplemente a reaccionar. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido que esa parte más instintiva ha tomado el control.

Y llegamos a Penélope.

Creo que durante años se ha contado su historia como la de una mujer que espera. Pero yo no la vi esperando.

La vi sosteniendo.

Manteniendo vivo un hogar, una historia y una identidad para que, si algún día Odiseo conseguía volver, todavía existiera un lugar al que regresar.

Y Telémaco... quizá hace uno de los viajes más difíciles de todos: crecer sin un padre. Aprender que los héroes no son perfectos. Que también se equivocan, tienen miedo y cargan con heridas.

Al salir del cine me di cuenta de que, para mí, los monstruos de La Odisea nunca fueron los monstruos.

Son el orgullo.

El miedo.

La necesidad de controlarlo todo.

La tentación de instalarnos en la seguridad y dejar de vivir.

La dificultad de aceptar que ya no somos quienes éramos.

Quizá el viaje de Odiseo nunca consistió en volver a Ítaca.

Quizá consistió en aceptar que no podía volver a ser el hombre que se marchó.

Y creo que esa es una de las lecciones más bonitas de la película.

Todos queremos recuperar a la persona que fuimos antes de que la vida nos rompiera un poco.

Antes de un duelo.

Antes de una enfermedad.

Antes de aquella relación que terminó.

Antes de aquella etapa que nos cambió para siempre.

Pero la vida no funciona así.

La vida consiste en aprender a querer y a habitar a la persona en la que nos hemos convertido.

Y quizá por eso esta historia sigue emocionándonos casi tres mil años después.

Porque, en el fondo, todos estamos haciendo nuestra propia Odisea.

Y todos, antes o después, descubrimos que el viaje más importante no es volver a casa.

Es volver a nosotros mismos.





sábado, 4 de julio de 2026

ABRAZA LO QUE LLEGA

 


Abraza lo que llega


Hay una verdad muy simple que casi siempre se nos olvida: el momento que estás viviendo ahora mismo es lo único que realmente existe. El pasado ya se fue. El futuro todavía no llega. Lo único real, lo único que tenemos entre las manos, es esto, lo que sea que "esto" traiga.

Y ahí está el reto. Porque nos encanta el momento cuando es calma, cuando es dulce, cuando todo fluye sin esfuerzo. Pero cuando el momento trae tormenta —dolor, incertidumbre, un problema que no sabemos resolver— queremos escapar de él. Queremos adelantarnos al futuro donde ya no duela, o regresar al pasado donde todo estaba bien. El problema es que ahí, en esa huida, es donde perdemos la vida que sí está pasando.

Vivir el momento no significa que todo lo que llegue nos tenga que gustar. Significa recibirlo, estar presentes con lo que es, en lugar de pelear contra ello o disfrazarlo de algo que no es.

Cuando llega la calma

La calma, curiosamente, también se nos escapa si no la abrazamos a propósito. Estamos tan acostumbrados a estar ocupados, resolviendo, anticipando el siguiente problema, que cuando por fin llega un momento tranquilo, no sabemos quedarnos en él. Lo llenamos de ruido, de pantallas, de temas pendientes, y se nos va sin haberlo disfrutado.

Algunas formas sencillas de habitar la calma cuando llega:

Nómbrala. Cuando sientas que un momento está en paz, dilo, aunque sea para ti mismo: "esto es calma, y está aquí ahora". Nombrar el momento ayuda a anclarte en él.

Baja la velocidad físicamente. Respira más lento, suelta los hombros, deja el móvil. El cuerpo tranquilo le enseña a la mente a quedarse.

No la interrumpas con culpa. Muchas veces sentimos que "no deberíamos" estar tranquilos cuando hay tanto por hacer. Suelta esa culpa: la calma no hay que ganársela, solo recibirla.

Agradece en el instante, no después. Un simple "qué bien que esté pasando esto" mientras sucede, cambia por completo la forma en que lo vives.

Y si la calma no llega sola, también se puede construir un camino hacia ella: un espacio de silencio, una caminata, una conversación honesta, un momento de meditación, un rato de estar con quienes amas sin prisa. La calma casi siempre está más cerca de lo que creemos; solo hay que dejar de correr para encontrarla.

Cuando llega la tormenta

Aquí está la parte más difícil, y también la más importante: abrazar el momento cuando duele.

No se trata de fingir que el dolor no existe, ni de forzar una sonrisa donde hay una herida. Abrazar la tormenta significa algo mucho más honesto: dejar de huir de ella. Sentir lo que hay que sentir, sin adelantarte a la solución, sin minimizarlo, sin anestesiarlo con distracciones.

Algunas ideas para estar presente incluso en el dolor:

Permítete sentirlo sin juzgarte. El dolor, la tristeza, el miedo o la frustración no son señal de debilidad; son señal de que estás vivo y de que algo te importa.

No busques "arreglarlo" de inmediato. Muchas veces el instinto es resolver rápido para dejar de sentir incomodidad. Pero algunos momentos solo necesitan ser atravesados, no resueltos al instante.

Habla contigo con la misma ternura que usarías con una amiga o amigo. Si una amiga te contara lo que estás viviendo, ¿qué le dirías? Dítelo a ti.

Busca apoyo, no aislamiento. El dolor abrazado no es dolor cargado en soledad. Compártelo con alguien de confianza o con un profesional si lo necesitas.

Recuerda que también es temporal. Así como la calma no se queda para siempre, la tormenta tampoco. Abrazarla no significa quedarte atrapada en ella; significa no negarla mientras está pasando.

Huir del dolor solo lo prolonga o lo transforma en algo más difícil de sanar. Abrazarlo, en cambio —con acompañamiento, con tiempo, con silencio si lo necesitas o con compasión hacia ti mismo— es lo que realmente permite soltarlo después.

Un solo momento, dos maneras de estar presente

Al final, la calma y la tormenta no son tan distintas como parecen: ambas son visitantes temporales del mismo lugar, que es el ahora. Ninguna de las dos vino a quedarse para siempre, y ninguna de las dos merece que la vivamos a medias.

Vivir el momento —abrazar lo que trae, sea agradable o no— es una forma de decirle a la vida: estoy aquí, presente, dispuesta a recibir lo que sea que venga, porque esto es lo único que tengo y lo único que es real.

No siempre será fácil. Pero cada vez que elegimos estar presentes en lugar de huir, crecemos un poco más.

Y para eso está este espacio: para venir a crecer.