La Odisea de Nolan: una interpretación psicológica y emocional
Ayer fui a ver La Odisea de Christophe r Nolan. Ya sabéis que no soy crítica de cine. No voy a entrar en el debate sobre si la adaptación es fiel o no a Homero, ni en los saltos temporales de la película, ni en las decisiones narrativas de Nolan, porque esos análisis ya los están haciendo personas que saben muchísimo de cine y de literatura clásica.
Yo solo quiero compartir lo que vi desde mi profesión y desde mi forma de mirar la vida. Porque, como psicóloga, hubo algo en esta película que me removió profundamente.
Hay películas que se ven y películas que se viven. Para mí, La Odisea pertenece a las segundas. Más que una película, es una experiencia. De esas que no terminan cuando aparecen los créditos, sino que se vienen contigo de camino a casa y te siguen haciendo preguntas mucho después de salir del cine.
Así que, si has llegado aquí buscando una crítica cinematográfica, probablemente este no sea el artículo que esperabas. Pero si te apetece mirar esta historia desde la psicología, las emociones y todo lo que nos cuenta sobre la condición humana, entonces acompáñame.
Porque, mientras veía la película, no dejaba de pensar que, en realidad, no estaba viendo la historia de un hombre que intenta volver a casa. Estaba viendo la historia de un hombre que intenta volver a encontrarse a sí mismo.
Y creo que eso nos ha pasado a todos alguna vez. Por lo menos a muchos pacientes que trato en consulta.
Hay momentos en la vida en los que, después de una pérdida, de una enfermedad, de una separación o simplemente después de una etapa muy dura, te das cuenta de que ya no eres la misma persona. Y entonces aparece una pregunta muy incómoda: "¿Cómo vuelvo a ser quien era?"
Quizá esa sea la pregunta que acompaña a Odiseo durante toda la película y nos abofetea sin piedad en su última reflexión.
Y, mientras él intenta regresar a Ítaca, se va encontrando con personajes que, más que personajes, parecen partes de nosotros mismos.
Está el cíclope Polifemo, que no deja de recordarme al orgullo.
Después de conseguir escapar, Odiseo podría haberse marchado en silencio. Ya estaba a salvo. Sin embargo, necesita decirle al cíclope quién es realmente. Necesita que sepa quién lo ha vencido. Y, precisamente, esa necesidad de reconocimiento acaba teniendo consecuencias devastadoras para él y sus hombres.
Pienso que el verdadero enemigo de Odiseo no era el cíclope, sino su propio ego. Esa necesidad tan humana de demostrar, de ser reconocido, de que los demás sepan lo que hemos conseguido, incluso cuando el silencio habría sido la mejor decisión. Creo que todos, en mayor o menor medida, hemos caído alguna vez en esa trampa.
Luego aparecen las sirenas.
Creo que las sirenas siguen existiendo hoy. Son todas esas promesas que nos dicen que hay una forma de dejar de sufrir sin tener que atravesar el dolor. Me encanta que Odiseo no confíe en sí mismo. Sabe que, si las escucha, caerá. Por eso pide que lo aten. Me parece una metáfora preciosa. La fortaleza no siempre consiste en resistir. A veces consiste en reconocer que solos no podemos y necesitamos que algo o alguien nos sostenga.
Y después aparece Calipso, interpretada por Charlize Theron.
Hay una escena que todavía no consigo quitarme de la cabeza. Odiseo está desesperado por volver a casa y le pide ayuda. Entonces ella le responde algo así como:
"Deja de luchar. Deja el control. Vive. Es una cuestión de fe."
Y me pareció una frase tan sencilla y, al mismo tiempo, tan profunda.
Porque muchas veces vivimos convencidos de que todo depende de nosotros. Que, si controlamos lo suficiente, si pensamos lo suficiente, si hacemos lo suficiente, las cosas saldrán como esperamos.
Y llega un momento en el que ya no puedes hacer más.
Hay veces en las que seguir luchando no significa avanzar, sino agotarte. En las que cuanto más intentas controlar lo que está ocurriendo, más sufrimiento generas.
Creo que eso es lo que Calipso intenta enseñarle a Odiseo. No le está diciendo que se rinda. Le está diciendo que deje de luchar contra aquello que ya no puede controlar.
Porque rendirse es dejar de caminar.
Confiar es seguir caminando, aunque no puedas controlar cada paso del camino.
En esa escena, Odiseo deja de intentar controlar el mar. Se abandona. Se deja llevar. Fluye.
Eso también pasa muchas veces en terapia. Hay personas que llegan agotadas de intentar sostener absolutamente todo. Y parte del proceso consiste precisamente en aprender que no todo puede controlarse. Que hay momentos en los que la confianza es mucho más valiente que el control.
También me gustó mucho Circe, la hechicera.
Convierte a los hombres de Odiseo en animales y, mientras veía esa escena, no podía dejar de pensar que es una metáfora muy potente de lo que nos ocurre cuando vivimos únicamente desde el miedo, la rabia o el impulso. Dejamos de elegir y empezamos simplemente a reaccionar. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido que esa parte más instintiva ha tomado el control.
Y llegamos a Penélope.
Creo que durante años se ha contado su historia como la de una mujer que espera. Pero yo no la vi esperando.
La vi sosteniendo.
Manteniendo vivo un hogar, una historia y una identidad para que, si algún día Odiseo conseguía volver, todavía existiera un lugar al que regresar.
Y Telémaco... quizá hace uno de los viajes más difíciles de todos: crecer sin un padre. Aprender que los héroes no son perfectos. Que también se equivocan, tienen miedo y cargan con heridas.
Al salir del cine me di cuenta de que, para mí, los monstruos de La Odisea nunca fueron los monstruos.
Son el orgullo.
El miedo.
La necesidad de controlarlo todo.
La tentación de instalarnos en la seguridad y dejar de vivir.
La dificultad de aceptar que ya no somos quienes éramos.
Quizá el viaje de Odiseo nunca consistió en volver a Ítaca.
Quizá consistió en aceptar que no podía volver a ser el hombre que se marchó.
Y creo que esa es una de las lecciones más bonitas de la película.
Todos queremos recuperar a la persona que fuimos antes de que la vida nos rompiera un poco.
Antes de un duelo.
Antes de una enfermedad.
Antes de aquella relación que terminó.
Antes de aquella etapa que nos cambió para siempre.
Pero la vida no funciona así.
La vida consiste en aprender a querer y a habitar a la persona en la que nos hemos convertido.
Y quizá por eso esta historia sigue emocionándonos casi tres mil años después.
Porque, en el fondo, todos estamos haciendo nuestra propia Odisea.
Y todos, antes o después, descubrimos que el viaje más importante no es volver a casa.
Es volver a nosotros mismos.


